La estatua de hielo (parte 1)

Escribí este texto en vivo en mi canal de Twitch


En 1965 en un pequeño pueblo al este de Rusia, le construyeron a un hombre común una estatua de hielo que colocaron a la mitad de la plaza central. El evento no pasó desapercibido por la gente; algunos se enteraron el mismo día, otros fueron avisados la noche anterior, todo mundo estaba al tanto menos él.

Al amanecer ya había un grupo de personas esperando en la plaza central, ansiosos por  ver el monumento que yacía imponente sobre un pedestal de dos metros de alto y cubierto por una fina tela plastificada. 

-Estoy seguro que es el carnicero -dijo un anciano.

-No podría ser el carnicero, Babu; a ese le hicieron una estatua hace tres años. Además, está muerto -contestó el nieto.

-Creo que ya sé quién es -dijo un hombre con bigote.

-¡Tú qué vas a saber si estás borracho como siempre! -le respondió otro borracho.

-¿Mamá? La estatua me da miedo -sollozó un niño al esconder su cuerpo tras la falda de su madre. -Tranquilo bebé, no le hacen estatuas a los monstruos; casi siempre son héroes, ¿a que te gustan los héroes? -le dijo en bajito su madre.

– ¡Bueno!, ¿cuándo empieza esto? -gritó uno en el fondo. -Tengo ganas de ir a almorzar.

Los copos de nieve caían en silencio, dejando un rastro de arañitas blancas sobre los hombros de la gente que caminaba de un lado al otro del pueblo. Algunos traían la compra, otros hacia su trabajo, otros simplemente charlaban por ahí. El ánimo estaba cargado de misterio y emoción. Lo curioso es que nadie; ni el alcalde, ni los maestros, ni el sacerdote, ni el lechero, ni sus padres, le habían avisado al despistado Ivan lo que estaba por suceder.

Sobre la mesa de madera en casa de Ivan, había un mendrugo de pan que sobró de la cena la noche anterior; tenía moho de un lado y mantequilla del otro. Iván arrancó el pedazo enmohecido y se guardó el resto del pan en el bolsillo de la chaqueta. Al salir de casa, el ruido de la puerta despertó a dos perros que se habían ovillado en el portal  para pasar la noche de viento fríos. Ambos perros siguieron a Ivan por el sendero hasta que les arrojó el pedazo de pan a un lado del camino pedregoso.

Unos cuantos kilómetros más adelante vio un petirrojo posado sobre un árbol. El pájaro emitió un silbido suave y se repantigó en la rama; a lo lejos le respondió otro petirrojo que recién aterrizaba en la copa de un árbol. Un par de vacas mugían en el fondo al pastar. Las botas de Ivan marcaban el paso al golpetear contra las piedras del camino, sonando con un ritmo natural. Ivan prefería la tranquilidad de los sonidos del campo a la bulla estridente del pueblo; donde el motor de los automóviles competía con los gritos que salían de las radios de transistores y el bulo del mercado y sus inteligibles vendedores. 

Al pasar la colina podré ver el campanario de la iglesia, pensó Ivan. Eso es lo primero que se asoma del pueblo viniendo por este camino; después se verá el reloj del ayuntamiento con las dos banderas extendidas: la de la madre Rusia y la del padre Pueblo; después asomarán los tejados de las casas más altas y pronto y multiplicándose; todos lo demás tejados. Ivan camión sonriente hasta llegar al puente de hierro que para él significaba cruzar un umbral entre dos mundos totalmente distintos: “Cuando cruzo este puente, mi vida y lo que me gusta queda atrás, me vuelvo parte de ellos, me vuelvo parte del pueblo.”

Ivan se encontraba tan absorto en sus pensamientos que no escuchó a la gente cuchichear:

-Mira, mira ¿que ese no es Ivan?

-No lo creo, Ivan tendría que ser más alto.

-Lo hacen ver alto porque así son las estatuas.

-Entonces, puede que sea.

-¡Mamá mira, ese es Ivan!

-Señálalo con el dedo, hijo, dicen que eso trae la buena suerte.

-Mamá, no me parece que sea un héroe.

-¿Y yo qué sé si parece o no? ¡vamos niño!

-Buenos días Ivan.

-Ivan, ¿cómo va el día?

-¡Qué grosero, ni siquiera voltea a vernos!

-Si a mí me pusieran una estatua en el pueblo tampoco te hablaría ¡vieja!

-Calla ¡calvo!

Ivan trabajaba en el taller de bicicletas que se encontraba al otro lado del pueblo, por ello tenía forzosamente que cruzar la plaza central. Algo sucede, pensó. Normalmente no hay tanta gente reunida aquí. Tal vez el alcalde esté dando un anuncio; pero no se escucha el altavoz. Puede ser que el sacerdote esté dando un mensaje; no, eso no puede ser porque no hay campanas repicando. Tal vez, alguien murió y se quedó congelado en la plaza central. Tal vez volvimos a la guerra. Tal vez se abrió un socavón justo a la mitad del pueblo. Tal vez encontraron un tesoro de los antiguos Zares. Tal vez la gente está empezando una nueva costumbre y se reúnen por las mañanas a ver una estatua de hielo que se parece a mí. La boca se le secó en un instante. Espera un momento. Esa se parece a mi ropa y ese es igual que mi gorro y esa se parece a mi cara. ¿Acaso hay en el pueblo alguien tan parecido a mí? Ivan repasó en su mente todas las caras que conocía mientras se le inquietaba el corazón. “No, definitivamente, ese que está allá arriba soy yo”.

-¡Allá va! -dijo uno.

-Sí, sí, allá va. Puntual como siempre a su trabajo en el taller. Es un muchacho ejemplar -dijo otro.

-Es más apuesto en persona -dijo otro.

-Yo he llegado puntual a mi trabajo todos los días y jamás me han hecho una estatua -dijo el alcalde.

-Porque tú eres el alcalde -dijo el sacerdote.

-No parece un héroe -repitió el niño de hace rato.

-Se ve más viejo en persona -mencionó alguien en el fondo.

-¿No va a decirnos nada? -preguntó alguien en el frente.

-Tal vez dejó el discurso en el taller y ahora volverá -comentó un señor cuarentón con barriga.

-¿Esperamos? -le preguntó la esposa, también cuarentona, pero sin barriga.

-¡Esperamos! -concluyeron todos.

No puede ser que sea yo, pensó Ivan. Nadie me avisó. Además, no tienen razones para hacer algo así. Yo no he hecho nada importante. ¿De qué se trata todo esto?, tendré que ir con el alcalde y que me explique lo que está pasando. ¿Lo sabrán mis padres?, tal vez no es demasiado tarde para que la quiten. Debe ser un error, alguien se equivocó en el ayuntamiento. ¡Esto es terrible!, además, es idéntica a mí. Se parecía en todo. ¿Pero cuánto tiempo duran las estatuas de hielo? ahora que es invierno debe ser un poco más, pero cuánto, ¡¿Cuánto?!

La gente al ver que Ivan a dar su discurso, comenzó a abandonar la plaza central. Algunos bufaban de enojo y otros simplemente dijeron para sí mismos que estaba bien, que hiciera lo que quisiera, al fin que era un ser humano y podía no hacerlo si no quería. El alcalde estuvo a punto de mandar a la policía a por él, pero reconoció que esto no era buena idea ante la opinión pública. El sacerdote se ofreció a dar una misa en su honor; pero dijo que lo haría después, porque ese día ya tenía la agenda ocupada. La plaza se fue vaciando poco a poco. Quedaba en el suelo un rastro de lodo marrón causado por el polvo de los zapatos y la nieve acuosa del piso. En el pedestal brillaba una pequeña placa de latón que tenía escrita una frase: “Este es Ivan”. 

La estatua de hielo se erigía colosal dos o tres metros sobre el piso; subirla hasta ahí debió representar un esfuerzo hercúleo para al menos diez personas.  El detalle de las manos, la ropa y el rostro era espeluznante; el artista lo había hecho al calco, podría ser este uno de sus mejores trabajos. El zapato del Ivan “real” tenía un agujero pequeño en el costado exterior, mismo que se podía ver en la estatua. Los pantalones de Ivan tenían múltiples arrugas que también se veían en la estatua. El andar encorvado estaba bien representado. La mirada distraída, el gorro que le tapaba las orejas, todo era idéntico; incluso en la chaqueta de hielo sobresalía un bulto como si alguien hubiera guardado un trozo de pan, pero bien podría ser otra cosa, pensó Ivan.

Żarówka

Żarówka que literalmente se traduce al español como Bombilla es también el nombre de la cafetería donde sucede esta historia. En una mesita para dos, desayuna un hombre adulto con el pelo cano y la taza de café a medio beber. El hombre espera dos horas, termina su desayuno y luego se marcha. Hay días que espera tres horas, otras en las que espera cuarenticinco minutos y después se marcha. Sabemos que el hombre espera porque pide una mesa para dos; no para uno, como decimos cuando el desayuno se toma con uno mismo. Siempre pide una mesa para dos y un café descafeinado; el desayuno cambia pero eso no es lo importante. Sabemos entonces que el hombre se llama Jan Jasiński y que espera a alguien.

Son tiempos de paz y así ha sido por varios años. Jan Jasiński (que cuando comenzó a visitar la cafetería ya era una persona mayor) se está volviendo mucho más mayor. Por ejemplo, un día apareció dos veces porque olvidó que ya había tomado el desayuno; otro día nos dimos cuenta que su mano temblaba más de lo normal y que al tomar la taza, la mitad del café quedaba en el platito; a partir de ese día, comenzó a utilizar un popote. Dejó también de pedir cosas con queso, cosas dulces o con mucha sal. Pero la dieta no pudo retrasar el paso del tiempo. En la frente de Jan Jasiński las arrugas marcaban pronunciadas fronteras y en sus ojos azules, la sombra se hacía cada vez más profunda.

Pasaban de las diez de la mañana y Jan Jasiński no había aparecido por Żarówka. Culpa tal vez de la lluvia torrencial que cayó la noche anterior. Una tormenta eléctrica que arrasó con varios árboles, tiró postes y descompuso televisores. En la calle, el letrero con el nombre de la cafetería, amaneció roto y fundido. Las noticias locales informaron que los automóviles descompuestos por la inundación ya sumaban varios cientos y que había algunas víctimas mortales que ya comenzaban a ser identificados. Después de dos días los negocios fueron abriendo poco a poco, tardando aún más en retomar el ritmo habitual.

En la sección de obituarios del periódico, las esquelas se amontonaban como un panteón de tinta. Familiares que lamentaban sus pérdidas. Empresas que mandaban su pésame a las familias afectadas. Organizaciones que lloraban la pérdida de importantes miembros de su comunidad. En el penúltimo espacio, con un texto corto y decorado con una marquesina. Aparecía el nuestro.

 



“La cafetería Żarówka lamenta el fallecimiento de nuestro querido

Jan Jasiński.

Sirva esta esquela como recuerdo y homenaje.

Le deseamos paz eterna y el reencuentro con sus seres queridos”.


 

La máquina de capuchino lanzó el vapor caliente al mismo tiempo que Jan Jasiński entraba por el portal. Pidió una mesa para dos y se sentó mirando hacia la puerta. Ordenó un café americano y un panqué relleno de mermelada de uva. Su mano no tembló durante todo el desayuno, ni siquiera cuando la alzó a manera de saludo. En la entrada había un hombre tratando de acostumbrarse a la diferencia entre la luz brillante de la calle y la luz tenue y artificial de la cafetería. Una vez reconoció que lo saludaban; recorrió el lugar con brío y abrazó a Jan Jasiński con la fuerza de alguien que espera décadas para este momento. Ambos se sentaron y comenzaron a charlar animosamente.

Ambos ancianos terminaron sus respectivos desayunos y se encaminaron juntos a la puerta. Afuera, el sol estaba radiante. Parecía incluso, que las arrugas de Jan Jasiński comenzaban a desaparecer.

Vapores de noche

 

Me quedo despierto toda la noche para poder mirar por la única ventana que hay en esta barcaza. Alcanzo a distinguir el barandal y una parte de la llanta salvavidas. Si me acerco más al marco, lo que veo es mi reflejo casi transparente en el cristal.  Mis ojos reconocen mis facciones; estoy muy cambiado pero sigo siendo yo. Al fondo, en total oscuridad, sé que navegamos a través de un profundo mar.

Mi aliento forma por unos segundos un tejido que después desaparece sin rastro. Exhalo más profundo para que el vapor me deje dibujar sobre el cristal. Escribo las iniciales de mi nombre, pero esta vez los trazos no desaparecen. Al menos así tendré algo cercano a una tumba, pensé.

En esta mochila cabe lo que conservo de mi pasado. Los recuerdos de un hogar que dejo atrás. Algunas fotos, un libro viejo, un juguete para armar. Lo más importante son dos tarjetas plastificadas: una con mi nombre y el país donde nací; la otra con un número de teléfono garabateado con prisa. Las instrucciones que recibí son claras: Marca este número y un hombre te ayudará y te conseguirá trabajo. Si no atiende el teléfono a la primera, a la segunda o a la tercera; continúa llamando hasta que te conteste.

Llevamos tres días sin acostumbrarnos al vaivén de las olas. La angustia que se respira se nos atora en la garganta. Al final de nuestro miedo, casi irreconocible, se encuentra la esperanza de empezar una vida nueva; aunque sea en una tierra que jamas hemos pisado. Me cuesta trabajo dormir, todos los cuerpos están demasiado cerca. Casi uno sobre otro. El calor es sofocante. No pensé que vendrían tantas personas. Cuando menos esta noche los ronquidos son menos intensos. El silencio me ayuda a pensar. Recuerdo a mi madre y sus enseñanzas: «Dios está ahí donde alguien hable de él» me decía. Me doy cuenta que en este barco nadie ha hablado de Dios, «quizá, él no está aquí» pensé.

El suelo comienza a ladearse cada vez con más fuerza, la madera cruje, todos despiertan. Crece el silencio. De repente el barco empieza a girar. La gente cae una sobre otra, las pertenencias se nos estrellan en la cara y los brazos. Siento la pierna húmeda y fría por el agua helada que lo inunda todo. Los pulmones me arden como si respirara fuego, mi pecho está a punto de explotar. Dos o tres veces vomito el agua salada, pero la búsqueda por respirar me obliga a seguir bebiendo, trato de sujetarme de una colchoneta pero me la quitan dos hombres más fuertes. Alzo la cabeza buscando aire y veo la luna menguante; es la primera vez que puedo verla desde que zarpamos. Cerca de mí dos niños lloran desesperados, el mayor lucha por sacar la cabeza del otro a flote, yo intento ayudar pero algo me jala hacia el fondo, además los ojos me arden y me duelen por culpa del agua de mar. Todo es un caos por culpa del oleaje inclemente. Encima del último resto flotante del barco, un hombre llama a gritos a su esposa pero su voz se pierde entre todas las voces que se alzan con histeria. 

En el cielo una estrella se apaga, después otra y otras más. Los gritos callan uno a uno y mi nombre no se ha dicho. Las olas me arrullan poco a poco y el sueño me empieza a ganar. Estoy cansado y no puedo seguir nadando. ¿Y si todos pedimos auxilio al mismo tiempo? Alguien en la playa nos tendría que escuchar… además, AYUDA significa lo mismo para todas las personas, ¿o no? 

El primero de sus nombres

Fátima baila con cuidado porque tiene los pies descalzos, esto no le quita gracia, por el contrario, ella avanza entre los muebles de la casa como si de un salón de baile lleno de parejas se tratara.

Fátima se acerca y me pide que cambie la canción, quiere algo suave pero con un latir intenso. Después bebe algo del un vaso blanco que tapa sus mejillas coloradas, siempre le pasa eso cuando se agita. No puedo recordar cómo empieza la conversación que tenemos después, solo sé que hablamos de las calles, del metro, del barrio, de los perros y de la comida que le preparé esa tarde, por cierto.

Hace tanto que no veo a Fátima que ya no sé qué cosas son de mi memoria y cuales están saliendo de mis fantasías. Fátima vive detrás de un velo suave donde solo identifico su silueta.

Dos cosas son ciertas: la primera es que la quiero y jamás la he querido ni un poco menos. A pesar de la distancia, a pesar de envejecernos, a pesar del cambio, del clima o del gobierno. Yo la quiero. La segunda cosa es que Fátima me da miedo.

Ella es la última flor del jardín cuando llega el invierno, si la tomas; si te atreves a arrancarla, no quedará rastro de la primavera. Fátima es también el último episodio de tu serie favorita. El rayo de sol que queda al final del atardecer y que pinta el cielo de tres mil colores dando paso a una noche incierta.

Me da miedo Fátima. Miedo de que sea real.

Tengo miedo, Fátima.

Miedo de no tener, el valor jamás, de mirarte a los ojos y no dejarte ir más.

La sal que quedó en el suelo

Dolerá

y dolerá como nunca.

Dolerán las muelas,

los brazos,

Incluso los tendones que llegan del cuello a la boca.

La boca, mi boca.

Me dolerá pero no podré seguir.

Me dolerá pero tendremos que partir.

Y mi cabeza se partirá también.

Y mi alma se secará por partes.

Y dolerá.

Dolerá tanto

que se tensará la espalda, desde lo alto hasta lo bajo,

Lo más bajo, lo que sostiene todo.

Lo más bajo y lo más cansado.

Me dolerá ver que te alejas,

me dolerán los pies por impedirles que te sigan,

lo mismo las manos para no detenerte,

lo mismo los ojos,

el pelo, el cielo…

Lloverá

Y te irás

o me iré.

Es eso

o terminar odiando lo que hemos dejado tras doblar la esquina de cada pelea,

los últimos jirones que nos quedan de piel.

La sal que dejó un lágrima que llegó hasta el suelo.

El último aliento,

la vocal del final,

la luz del pasillo

que se tendrá que apagar

Y dolerá.

Y sanará.

Pero hoy dolerá.

Ahogado

Me convertí en uno de esos
que sin querer
aman de lejos
los que parecen inmortales
pero en realidad morimos lento

los que se encierran
los que buscan
los que encuentran
lo que no buscan

esos locos que quieren
con kilómetros en medio
no se dan cuenta
que las palabras
caducan en silencio.

Lo más doloroso ocurre dentro
de la mente que imagina
que uno ya no es parte
importante en la otra vida

se agotan los ánimos,
las ganas y el deseo,
dejando dos almas
ahogadas en recuerdos.

Sueño.1

En verdad soñé esto, que haya acabado con forma de poema es totalmente fortuito.

Sueño que me llamas
para reparte algo
una fuga, nada extraño;
abres la puerta de una casa
para mí desconocida
no dices palabra,
yo tengo claro lo que pasa…

Siempre me ha gustado protegerte,
arreglar lo que se estropea,
jugar a ser tu héroe,
descubrirme en lo que queda.

Hay un fantasma en el fondo
cambia entre nuestra forma
tiene mi rostro
pero ve con tus ojos
tiene tu boca
pero habla con mis labios
nos mira con desprecio
con indiferencia
con hastío
ha vivido miles de días
y no lo hemos comprendido.

Guardo las herramientas,
busco la salida
tú ya no me acompañas
afuera es un día soleado
y mi fantasma espera.

Espero que te rompan el corazón

Les puedo contar esto porque yo hago lo mismo: tengo una amiga que siempre vuelve a mí cuando termina con su novio.

Según lo triste de la ruptura es el tiempo que tarda en llamarme, si el tipo la engañó, me llama esa misma noche; si pelearon fuerte, a los dos días; si ella lo terminó a él se tarda tres semanas pero nunca falla. Se queda en mi casa el fin de semana y yo escucho y hago lo que sea necesario con tal de que se sienta mejor. Por tradición, en las mañanas, la víctima del desamor puede dormir más mientras al otro le toca hacer el desayuno. Nos gusta esa dinámica porque las reglas son simples: no podemos reclamar cuando uno de los dos empieza una relación que tiene pinta de ir en serio. Está de más señalar que enamorarse uno del otro queda prohibido, nos pasó una vez y casi se va todo a la mierda; y si en el momento de la ruptura el otro tiene pareja, no se puede interferir, habrá que respetar y buscar consuelo de otra forma y en otro lado. Lo nuestro es privado, es para nosotros. Por eso nos funciona.

Esta vez ella está saliendo con alguien. Acaban de postear su primera foto juntos: una imagen casi ficticia, donde los dos viven un atardecer de tonos amarillos y violetas sobre un techo en la ciudad. El viento los despeina, están tomados de las manos, ella mira hacia el frente con inocencia y él sin dejar de mirarla parece convencido de que el paisaje no le compite en belleza. Hay esperanza en sus ojos, se les notan las ganas y el deseo burbujeante. Reconozco en su rostro que se siente lista para creer en él. Ambos tienen el semblante pulcro, sin sombra alguna de haber peleado. Esa foto indica que terminó su periodo de luto conmigo y debo dejar de buscarla.

Una parte de mí quiere que duren para siempre porque es una mujer que vale la pena, y que con paciencia y cariño me ha sacado de las peores tristezas más de una vez; pero hay otra parte de mí más oscura y egoísta, que desea con muchas ganas que el novio sea tan imbécil como los anteriores, que no sepa valorarla y que la haga sentir triste y que la haga llorar o que peleen mucho o que la decepcione tanto que cuando se callen los gritos, ella no dude ni un instante en llamarme. Esa parte de mí, es la que me hace mentirle descaradamente diciéndole que espero que sea feliz.

Lo que no le digo es que prefiero que sea conmigo.

Casa de locos

Quien ha escuchado un disparo sabe que en las películas exageran: el cuerpo nunca sale disparado hacia atrás como si lo aventaran, el sonido es fuerte pero no ensordecedor y el cerebro no pinta de rojo la pared. Lo que pasó más bien fue lento, casi torpe. La silla crujió un poco con el peso del hombre que tuvo tiempo de sentarse antes de morir.

Hice una mueca involuntaria de asco que recompuse de inmediato antes que alguien lo notara.

“Nunca perder el control.

Nunca arrepentirse.

 Nunca dañar la pintura.

Nunca creer que algo es especial.”

Mis compañeros y yo nos abalanzamos sobre el cuerpo para acomodarlo, quitamos las arrugas que se hicieron en la alfombra y ordenamos lo mejor posible el despacho.Yo entrecerré las persianas, prendí la luz de la mesita y alineé la placa metal que identifica al dueño del escritorio: José León Caballero. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Nos faltaban cuatro museos más y apenas era media noche.

Mañana no quedará un solo Goya en Madrid.