El primero de sus nombres

Fátima baila con cuidado porque tiene los pies descalzos, esto no le quita gracia, por el contrario, ella avanza entre los muebles de la casa como si de un salón de baile lleno de parejas se tratara.

Fátima se acerca y me pide que cambie la canción, quiere algo suave pero con un latir intenso. Después bebe algo del un vaso blanco que tapa sus mejillas coloradas, siempre le pasa eso cuando se agita. No puedo recordar cómo empieza la conversación que tenemos después, solo sé que hablamos de las calles, del metro, del barrio, de los perros y de la comida que le preparé esa tarde, por cierto.

Hace tanto que no veo a Fátima que ya no sé qué cosas son de mi memoria y cuales están saliendo de mis fantasías. Fátima vive detrás de un velo suave donde solo identifico su silueta.

Dos cosas son ciertas: la primera es que la quiero y jamás la he querido ni un poco menos. A pesar de la distancia, a pesar de envejecernos, a pesar del cambio, del clima o del gobierno. Yo la quiero. La segunda cosa es que Fátima me da miedo.

Ella es la última flor del jardín cuando llega el invierno, si la tomas; si te atreves a arrancarla, no quedará rastro de la primavera. Fátima es también el último episodio de tu serie favorita. El rayo de sol que queda al final del atardecer y que pinta el cielo de tres mil colores dando paso a una noche incierta.

Me da miedo Fátima. Miedo de que sea real.

Tengo miedo, Fátima.

Miedo de no tener, el valor jamás, de mirarte a los ojos y no dejarte ir más.

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