Vapores de noche

 

Me quedo despierto toda la noche para poder mirar por la única ventana que hay en esta barcaza. Alcanzo a distinguir el barandal y una parte de la llanta salvavidas. Si me acerco más al marco, lo que veo es mi reflejo casi transparente en el cristal.  Mis ojos reconocen mis facciones; estoy muy cambiado pero sigo siendo yo. Al fondo, en total oscuridad, sé que navegamos a través de un profundo mar.

Mi aliento forma por unos segundos un tejido que después desaparece sin rastro. Exhalo más profundo para que el vapor me deje dibujar sobre el cristal. Escribo las iniciales de mi nombre, pero esta vez los trazos no desaparecen. Al menos así tendré algo cercano a una tumba, pensé.

En esta mochila cabe lo que conservo de mi pasado. Los recuerdos de un hogar que dejo atrás. Algunas fotos, un libro viejo, un juguete para armar. Lo más importante son dos tarjetas plastificadas: una con mi nombre y el país donde nací; la otra con un número de teléfono garabateado con prisa. Las instrucciones que recibí son claras: Marca este número y un hombre te ayudará y te conseguirá trabajo. Si no atiende el teléfono a la primera, a la segunda o a la tercera; continúa llamando hasta que te conteste.

Llevamos tres días sin acostumbrarnos al vaivén de las olas. La angustia que se respira se nos atora en la garganta. Al final de nuestro miedo, casi irreconocible, se encuentra la esperanza de empezar una vida nueva; aunque sea en una tierra que jamas hemos pisado. Me cuesta trabajo dormir, todos los cuerpos están demasiado cerca. Casi uno sobre otro. El calor es sofocante. No pensé que vendrían tantas personas. Cuando menos esta noche los ronquidos son menos intensos. El silencio me ayuda a pensar. Recuerdo a mi madre y sus enseñanzas: «Dios está ahí donde alguien hable de él» me decía. Me doy cuenta que en este barco nadie ha hablado de Dios, «quizá, él no está aquí» pensé.

El suelo comienza a ladearse cada vez con más fuerza, la madera cruje, todos despiertan. Crece el silencio. De repente el barco empieza a girar. La gente cae una sobre otra, las pertenencias se nos estrellan en la cara y los brazos. Siento la pierna húmeda y fría por el agua helada que lo inunda todo. Los pulmones me arden como si respirara fuego, mi pecho está a punto de explotar. Dos o tres veces vomito el agua salada, pero la búsqueda por respirar me obliga a seguir bebiendo, trato de sujetarme de una colchoneta pero me la quitan dos hombres más fuertes. Alzo la cabeza buscando aire y veo la luna menguante; es la primera vez que puedo verla desde que zarpamos. Cerca de mí dos niños lloran desesperados, el mayor lucha por sacar la cabeza del otro a flote, yo intento ayudar pero algo me jala hacia el fondo, además los ojos me arden y me duelen por culpa del agua de mar. Todo es un caos por culpa del oleaje inclemente. Encima del último resto flotante del barco, un hombre llama a gritos a su esposa pero su voz se pierde entre todas las voces que se alzan con histeria. 

En el cielo una estrella se apaga, después otra y otras más. Los gritos callan uno a uno y mi nombre no se ha dicho. Las olas me arrullan poco a poco y el sueño me empieza a ganar. Estoy cansado y no puedo seguir nadando. ¿Y si todos pedimos auxilio al mismo tiempo? Alguien en la playa nos tendría que escuchar… además, AYUDA significa lo mismo para todas las personas, ¿o no? 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s