Żarówka

Żarówka que literalmente se traduce al español como Bombilla es también el nombre de la cafetería donde sucede esta historia. En una mesita para dos, desayuna un hombre adulto con el pelo cano y la taza de café a medio beber. El hombre espera dos horas, termina su desayuno y luego se marcha. Hay días que espera tres horas, otras en las que espera cuarenticinco minutos y después se marcha. Sabemos que el hombre espera porque pide una mesa para dos; no para uno, como decimos cuando el desayuno se toma con uno mismo. Siempre pide una mesa para dos y un café descafeinado; el desayuno cambia pero eso no es lo importante. Sabemos entonces que el hombre se llama Jan Jasiński y que espera a alguien.

Son tiempos de paz y así ha sido por varios años. Jan Jasiński (que cuando comenzó a visitar la cafetería ya era una persona mayor) se está volviendo mucho más mayor. Por ejemplo, un día apareció dos veces porque olvidó que ya había tomado el desayuno; otro día nos dimos cuenta que su mano temblaba más de lo normal y que al tomar la taza, la mitad del café quedaba en el platito; a partir de ese día, comenzó a utilizar un popote. Dejó también de pedir cosas con queso, cosas dulces o con mucha sal. Pero la dieta no pudo retrasar el paso del tiempo. En la frente de Jan Jasiński las arrugas marcaban pronunciadas fronteras y en sus ojos azules, la sombra se hacía cada vez más profunda.

Pasaban de las diez de la mañana y Jan Jasiński no había aparecido por Żarówka. Culpa tal vez de la lluvia torrencial que cayó la noche anterior. Una tormenta eléctrica que arrasó con varios árboles, tiró postes y descompuso televisores. En la calle, el letrero con el nombre de la cafetería, amaneció roto y fundido. Las noticias locales informaron que los automóviles descompuestos por la inundación ya sumaban varios cientos y que había algunas víctimas mortales que ya comenzaban a ser identificados. Después de dos días los negocios fueron abriendo poco a poco, tardando aún más en retomar el ritmo habitual.

En la sección de obituarios del periódico, las esquelas se amontonaban como un panteón de tinta. Familiares que lamentaban sus pérdidas. Empresas que mandaban su pésame a las familias afectadas. Organizaciones que lloraban la pérdida de importantes miembros de su comunidad. En el penúltimo espacio, con un texto corto y decorado con una marquesina. Aparecía el nuestro.

 



“La cafetería Żarówka lamenta el fallecimiento de nuestro querido

Jan Jasiński.

Sirva esta esquela como recuerdo y homenaje.

Le deseamos paz eterna y el reencuentro con sus seres queridos”.


 

La máquina de capuchino lanzó el vapor caliente al mismo tiempo que Jan Jasiński entraba por el portal. Pidió una mesa para dos y se sentó mirando hacia la puerta. Ordenó un café americano y un panqué relleno de mermelada de uva. Su mano no tembló durante todo el desayuno, ni siquiera cuando la alzó a manera de saludo. En la entrada había un hombre tratando de acostumbrarse a la diferencia entre la luz brillante de la calle y la luz tenue y artificial de la cafetería. Una vez reconoció que lo saludaban; recorrió el lugar con brío y abrazó a Jan Jasiński con la fuerza de alguien que espera décadas para este momento. Ambos se sentaron y comenzaron a charlar animosamente.

Ambos ancianos terminaron sus respectivos desayunos y se encaminaron juntos a la puerta. Afuera, el sol estaba radiante. Parecía incluso, que las arrugas de Jan Jasiński comenzaban a desaparecer.

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