El primero de sus nombres

Fátima baila con cuidado porque tiene los pies descalzos, esto no le quita gracia, por el contrario, ella avanza entre los muebles de la casa como si de un salón de baile lleno de parejas se tratara.

Fátima se acerca y me pide que cambie la canción, quiere algo suave pero con un latir intenso. Después bebe algo del un vaso blanco que tapa sus mejillas coloradas, siempre le pasa eso cuando se agita. No puedo recordar cómo empieza la conversación que tenemos después, solo sé que hablamos de las calles, del metro, del barrio, de los perros y de la comida que le preparé esa tarde, por cierto.

Hace tanto que no veo a Fátima que ya no sé qué cosas son de mi memoria y cuales están saliendo de mis fantasías. Fátima vive detrás de un velo suave donde solo identifico su silueta.

Dos cosas son ciertas: la primera es que la quiero y jamás la he querido ni un poco menos. A pesar de la distancia, a pesar de envejecernos, a pesar del cambio, del clima o del gobierno. Yo la quiero. La segunda cosa es que Fátima me da miedo.

Ella es la última flor del jardín cuando llega el invierno, si la tomas; si te atreves a arrancarla, no quedará rastro de la primavera. Fátima es también el último episodio de tu serie favorita. El rayo de sol que queda al final del atardecer y que pinta el cielo de tres mil colores dando paso a una noche incierta.

Me da miedo Fátima. Miedo de que sea real.

Tengo miedo, Fátima.

Miedo de no tener, el valor jamás, de mirarte a los ojos y no dejarte ir más.

La sal que quedó en el suelo

Dolerá

y dolerá como nunca.

Dolerán las muelas,

los brazos,

Incluso los tendones que llegan del cuello a la boca.

La boca, mi boca.

Me dolerá pero no podré seguir.

Me dolerá pero tendremos que partir.

Y mi cabeza se partirá también.

Y mi alma se secará por partes.

Y dolerá.

Dolerá tanto

que se tensará la espalda, desde lo alto hasta lo bajo,

Lo más bajo, lo que sostiene todo.

Lo más bajo y lo más cansado.

Me dolerá ver que te alejas,

me dolerán los pies por impedirles que te sigan,

lo mismo las manos para no detenerte,

lo mismo los ojos,

el pelo, el cielo…

Lloverá

Y te irás

o me iré.

Es eso

o terminar odiando lo que hemos dejado tras doblar la esquina de cada pelea,

los últimos jirones que nos quedan de piel.

La sal que dejó un lágrima que llegó hasta el suelo.

El último aliento,

la vocal del final,

la luz del pasillo

que se tendrá que apagar

Y dolerá.

Y sanará.

Pero hoy dolerá.

Sueño.1

En verdad soñé esto, que haya acabado con forma de poema es totalmente fortuito.

Sueño que me llamas
para reparte algo
una fuga, nada extraño;
abres la puerta de una casa
para mí desconocida
no dices palabra,
yo tengo claro lo que pasa…

Siempre me ha gustado protegerte,
arreglar lo que se estropea,
jugar a ser tu héroe,
descubrirme en lo que queda.

Hay un fantasma en el fondo
cambia entre nuestra forma
tiene mi rostro
pero ve con tus ojos
tiene tu boca
pero habla con mis labios
nos mira con desprecio
con indiferencia
con hastío
ha vivido miles de días
y no lo hemos comprendido.

Guardo las herramientas,
busco la salida
tú ya no me acompañas
afuera es un día soleado
y mi fantasma espera.

Espero que te rompan el corazón

Les puedo contar esto porque yo hago lo mismo: tengo una amiga que siempre vuelve a mí cuando termina con su novio.

Según lo triste de la ruptura es el tiempo que tarda en llamarme, si el tipo la engañó, me llama esa misma noche; si pelearon fuerte, a los dos días; si ella lo terminó a él se tarda tres semanas pero nunca falla. Se queda en mi casa el fin de semana y yo escucho y hago lo que sea necesario con tal de que se sienta mejor. Por tradición, en las mañanas, la víctima del desamor puede dormir más mientras al otro le toca hacer el desayuno. Nos gusta esa dinámica porque las reglas son simples: no podemos reclamar cuando uno de los dos empieza una relación que tiene pinta de ir en serio. Está de más señalar que enamorarse uno del otro queda prohibido, nos pasó una vez y casi se va todo a la mierda; y si en el momento de la ruptura el otro tiene pareja, no se puede interferir, habrá que respetar y buscar consuelo de otra forma y en otro lado. Lo nuestro es privado, es para nosotros. Por eso nos funciona.

Esta vez ella está saliendo con alguien. Acaban de postear su primera foto juntos: una imagen casi ficticia, donde los dos viven un atardecer de tonos amarillos y violetas sobre un techo en la ciudad. El viento los despeina, están tomados de las manos, ella mira hacia el frente con inocencia y él sin dejar de mirarla parece convencido de que el paisaje no le compite en belleza. Hay esperanza en sus ojos, se les notan las ganas y el deseo burbujeante. Reconozco en su rostro que se siente lista para creer en él. Ambos tienen el semblante pulcro, sin sombra alguna de haber peleado. Esa foto indica que terminó su periodo de luto conmigo y debo dejar de buscarla.

Una parte de mí quiere que duren para siempre porque es una mujer que vale la pena, y que con paciencia y cariño me ha sacado de las peores tristezas más de una vez; pero hay otra parte de mí más oscura y egoísta, que desea con muchas ganas que el novio sea tan imbécil como los anteriores, que no sepa valorarla y que la haga sentir triste y que la haga llorar o que peleen mucho o que la decepcione tanto que cuando se callen los gritos, ella no dude ni un instante en llamarme. Esa parte de mí, es la que me hace mentirle descaradamente diciéndole que espero que sea feliz.

Lo que no le digo es que prefiero que sea conmigo.